UN DIBUJO
Corría la década de los
2000. Hacía años que no se vivía un
invierno tan frío en Asturias. Allí, en una casita aislada en la Sierra del
Sueve, una mujer se estaba despertando a causa unos ruidos que provenían de su
pequeño huerto. Quién le iba a decir que
lo que en aquel momento solo era sonido estaba a punto de cambiar su vida para
siempre.
Al asomarse a la puerta los
ruidos se hicieron más fuertes. No había duda, alguien estaba merodeando su
casa. Toy y Tara ladraban al unísono para confirmarlo. ¿Sería un ladrón? No,
allí no había nada si quiera digno de enjundia más que comida, calor y decenas
de cuadros cuyo valor sentimental superaban con creces el económico, hasta
entonces.
Se dirigió hacia el huerto, allí
donde solo iba para plantar tomates y calabazas. Recordó a su padre enseñándola
a cultivar cuando era niña. A su madre llevándoles la merienda. Recordó lo
feliz que había sido en esa casa junto a ellos. Sus dos ángeles. La cuidaron en
la tierra muchos años, ahora lo hacían desde el cielo. Le entristecía pensar en
ello, pero siempre recurría a su recuerdo cuando estaba asustada y en ese
momento lo estaba. Si de verdad había un ladrón entre aquellos matorrales podía
ponerse violento. Quizás no había merecido la pena salir de casa, pero
imaginarse destrozado todo aquello que tanto le costó a sus padres construir la
aterraba. Mucho más que la posibilidad de salir malparada.
Cogió un rastrillo. No se había
visto en una pelea desde que aquella niña le había roto sus dibujos en
primaria. Perdía los estribos cuando se trataba de su arte o su familia. Ahora
se trataba de la segunda, y estaba dispuesta a defenderla a cualquier precio.
De repente los ruidos desaparecieron, solo se escuchaba el silbido del viento.
No importaba. Ella sabía que había alguien ahí. Vio movimiento tras la leña que
acumulaba para chimenea. Un tronco salió rodando. Ella levantó el rastrillo con
toda la convicción posible y, de entre la leña, salió nada más y nada menos que
un hombre desnudo.
La risa que le provocó aquella
absurda situación disipó todo rastro de ira o miedo que había acumulado en los
últimos minutos. Solo pudo reírse mientras se tapaba los ojos. Sus padres le
habían dado una educación conservadora y, aunque ella no se sentía identificada
con la religión ni sus valores, todavía demostraba tener algún resquicio moral
de su infancia como no mirar las partes nobles de nadie a quien acaba de
conocer. Él, por su parte, decidió romper su silencio con una disculpa.
-Lo siento, lo siento de veras.
No sabía que aquí vivía alguien. Solo buscaba un sitio en el que calentarme.
-Te sería más fácil si no fueras
denudo –Dijo ella mientras volvía a perder el control de su risa.
-No hace falta que me lo jures.
–No lo estaba viendo, pero tenía la certeza de que él también sonreía.
-¿Cómo te llamas?
-Han.
-Está bien Han. Te propongo lo
siguiente. Coge la manta que tienes tendida a tu derecha, envuélvete con ella y
entra en casa. Te dejaré ropa de mi padre, te prepararé algo caliente y me
contarás qué hacías desnudo en mi jardín a las siete de la mañana. ¿Te parece?
Él asintió con dulzura.
Ambos entraron en la casa.
Mientras él entraba el calor, admirando fascinado el crepitar de la chimenea,
ella preparó una olla de sopa. Tras poner la mesa, ambos se sentaron a comer.
-Todavía no me has dicho tu
nombre.
Ella tardó unos segundos en
contestar. Hacía mucho que nadie le preguntaba por él.
-Margarita, me llamo Margarita.
-Ya veo, ¿puedo suponer que tiene
algo que ver con todas esas margaritas que hay plantadas frente a tu casa?
-Vaya, eres todo un detective.
–Respondió sarcásticamente- Sí, mis padres me pusieron el nombre por la flor,
era la favorita de mi madre.
-Bueno, eso es bonito. Y dime,
¿viven ellos aquí contigo?
-No exactamente. –Su rostro se
endureció- Fallecieron en un accidente de coche hace cinco años.
-Joder, lo siento mucho.
-No te preocupes, ya no duele
tanto hablar de este tema –Mentía.
-Aun así me disculpo. ¿Entonces
vives sola en esta enorme casa?
-Bueno, tengo a mis dos perros,
Toy y Tara. Pero si te refieres a personas, supongo que sí.
-Guau, debes aburrirte un montón.
-No creas, los perros son mejor
compañía que muchas personas. Además tengo la pintura.
-No me digas, ¿eres pintora?
-Bueno, no exactamente. Trabajo
como traductora para el ayuntamiento. Puedo reescribir los textos a distancia
así que no suelo salir mucho de casa. Pinto en mis ratos libres porque es una
de las pocas cosas que me hacen feliz –Frenó en seco, pensó que estaba contando
demasiado, como de costumbre. Pero a ese chico parecía interesarle todo lo que
decía. ¿Y si esta vez…? No, debía estar fingiendo. No había otra explicación-
Perdona, te estoy aburriendo.
-No no, para nada. Sé que sonará
raro viniendo del tío que encontraste desnudo en tu jardín, pero me encanta oír
a la gente cuando habla de aquello que la apasiona. A ti te apasiona la
pintura, bueno, cuéntame porqué. –Aquellas palabras tranquilizaron a Margarita,
que seguía sin poder apartar los ojos de aquel misterioso hombre.
-Bueno, ya que insistes. Cuando
era pequeña no se me daban nada bien las clases. Mis padres no me escolarizaron
hasta la primaria y siempre solía ir muy perdida. Me avergonzaba tanto que
lloraba cada día en cuanto volvía a casa. Tardaba horas en entender cosas que
mis compañeros pillaban a la primera. No solo en clase. Conforme iba creciendo
el mundo me parecía cada vez un lugar más grande y complejo. Sin embargo me
empeñaba en entenderlo y casi tiro la toalla hasta que mi padre, que llevaba
años viéndome hacer mis garabatos, me dijo que dibujara. No por obligación. Por
comunicación. En la vida es muy difícil controlar la mayoría de cosas que te
suceden. No puedes controlar los insultos de las personas que te rodean, como
no puedes evitar que un coche se salte un stop y te saque de la carretera. Pero
cuando pinto, yo soy la que manda. Ver un lienzo en blanco y saber que nada te
impide plasmar en el tu mundo es… algo impagable. Desde luego no puedo decir
que mis cuadros sean bonitos o elegantes, pero son reales a su manera. Son el
reflejo de lo que siento al coger el pincel. Son mi forma de entender las cosas
y aunque tuviera que traducir 300 textos al día para vivir seguiría pintando.
Porque yo creo que por encima de las cosas que nos permiten sobrevivir están
las que nos hacen sentirnos vivos. Así que, en resumidas cuentas, por eso adoro
la pintura.
Aquella respuesta fue una grata
sorpresa para Han, que no esperaba tanta sinceridad por parte de Margarita.
Años después ella misma le confesaría que él había sido el primero en escuchar
sobre su amor por la pintura. A ambos les parecía extraño lo cómodos que se
encontraban el uno con el otro, pero a decir verdad a ninguno le importaba.
Solo querían seguir sintiéndose así.
Poco a poco, los temas fueron
variando. Él le contó cómo había viajado
a España desde Japón, su tierra natal, para huir del yugo de sus padres,
quienes le mantenían y controlaban a partes iguales. Veraneaba allí desde que
era pequeño, y le parecía un lugar tan bueno como cualquier otro para comenzar
una nueva vida. Ella, por su parte, le habló de su infancia. De lo difícil que
fue en más de una ocasión. De lo mucho que se apoyó en sus padres y de lo mucho
que le dolía no poder hacerlo ahora.
Tras un par de horas de conversación ambos sabían que el amor iba a
entrar en escena de un momento a otro. Han abrió la veda.
-¿Sales con alguien?
-No, bueno, yo… Hace tiempo que
no. Desde que mis padres no están no he vuelto a sentir ánimos de… bueno ya
sabes. En fin, ¿qué hay de ti? ¿Hay alguna persona especial en tu vida?
-Depende de lo que entiendas por
especial. ¿Una prometida es especial?
-Po…por supuesto –Titubeó
Margarita.
-Entonces tengo que decir que sí.
-Vaya –En ese instante algo se
tambaleó dentro de ella- ¿Estás prometido?
-Técnicamente sí. En realidad ese
es otro de los motivos por los que vine a España. Mis padres concertaron una
boda con una antigua novia. Ella dijo que estaba embarazada y ellos casi
pierden la cabeza. Para cuando descubrimos que nos había mentido mis padres estaban
tan metidos en la boda que querían celebrarla de todas formas. Al fin y al cabo
siempre les había avergonzado por ser su único hijo soltero. De donde vengo eso
se considera un fracaso. Tras intentar razonar con ellos sin éxito, acabé
dejando una nota a mi prometida pidiéndole disculpas y cogiendo el primer avión
que me sacaba de allí.
-Caray, eso es muy fuerte. Lo
siento mucho.
-No tienes que sentirlo –Ella
extendió su mano para consolarlo. Le acarició el pelo y, por un momento, él se sintió tranquilo como
nunca había conseguido sentirse. Levantó la cabeza y durante unos minutos fue
incapaz de apartar su tierna mirada sobre ella. Aquel cabello rubio y rizado.
Su nariz respingona, sus labios carnosos y sus ojos verdes. Aquellos atributos
habían vuelto locos a muchos hombres y alguna que otra mujer. Sin embargo,
aquella era la primera vez que alguien se enamoraba de ella, no por ninguno de
esos rasgos sino por aquellos que escondía bajo la piel.
-Y esa chica, ¿cómo era? Algo
malo debía tener para que no quisieras casarte.
-En realidad era fantástica,
estoy convencido de que podría haber compartido el resto de mis años con ella y
tener una buena vida.
-¿Entonces?
-Ella no era la mía.
-¿Cómo lo sabes? Podría haberse
convertido en la tuya, con el tiempo.
-No, que va. Las personas
evolucionan, cambian, y eso está bien. Pero los sentimientos son eternos. Si no
estoy enamorado de ella hoy no podré estarlo mañana ni pasado. Por más
increíble y maravillosa que fuera no conseguiría ser la mía, solo conseguiría
ser aquello que es justo lo que creo desear, pero no del todo. A veces en la vida nos sentimos tan
desamparados que nos conformamos, como hicieron mis padres y como hacen
millones de personas, pero yo no soy así. Porque si me conformara entonces eso
no sería amor, solo sería un sentimiento barato y sustituible por el que no
merece la pena luchar.
En ese momento Margarita tuvo que
contenerse para no llorar. Siempre se emocionaba cuando de amor se trataba. Su
sorpresa fue comprobar que a Han le pasaba lo mismo al verlo secándose las
lágrimas.
Cuando Han entró en calor
salieron a dar un paseo. Aquellos prados verdes eran indescriptibles, pero ese
día ambos jóvenes solo tenían los ojos el uno para el otro. Siguieron hablando
todo el día y, cuando el sol se puso, no se besaron. Temían romper ese lazo tan
puro y bello que les unía. Como ese juguete al que adoras sin sacarlo de la
caja, por miedo a que se pueda romper.
Han pasó allí las noches
siguientes, así que ella decidió alquilarle una habitación mientras buscaba
trabajo en el pueblo. Pronto encontró un puesto de camarero en un bar cercano y
convenció al dueño de exponer los cuadros de Marga, lo cual iba a ser el
principio de un gran reconocimiento de su arte a nivel local.
Al terminar sus obligaciones
pasaban juntos todo el tiempo posible. Ella le enseñó a labrar la tierra y él
descubrió en esta una gran pasión. Tal es así que Marga lo retrató en un precioso cuadro con su mono
de trabajo y su sombrero. Lo dibujaría
incontables veces durante su vida, pero esa siempre sería su preferida.
Así vivían: Paseaban, cantaban,
reían… A veces simplemente cogían un libro cada uno y leían el uno frente al
otro, levantando la vista de la lectura únicamente para lanzarse miradas
furtivas.
Al cabo de un año la tensión que
existía entre los dos estalló una noche. Había tormenta y Han se había empapado
al volver del trabajo. Entro en casa congelado, Marga lo envolvió en una manta
frente al fuego y, como siempre, cuidó de él.
-¿Sabes? –Dijo ella- Esto me
recuerda al día en que nos conocimos.
-Es verdad. Supongo que sigo
siendo el mismo desastre que por aquel entonces.
-Nunca me contaste por qué ibas
desnudo.
-¿De verdad importa?
-Supongo que no. –Ambos rieron.
Entre los truenos y el sonido de
la candela, sus labios comenzaron a acercarse, hasta que uno de los dos frenó
en seco.
-Yo nunca he encajado en ningún
sitio. Tú eres lo más cercano a una relación que he tenido desde que mis padres
se fueron. ¿Y si esto lo jode todo? –Dijo ella.
-¿Por qué iba a joderse?
–Respondió Han, mientras percibía cómo se enrojecían los ojos de Marga.
-Porque yo soy así. Soy una pieza
rota y si me esfuerzo en encajar perderé lo único que vale la pena. Te perderé
a ti. –Sus labios se volvieron temblorosos.
-Tienes razón, hay muchas piezas que no encajan,
pero no es culpa de las piezas, simplemente es que pertenecen al mismo puzle. Y
cuando lo hacen encajan por más descoloridas y rotas que estén. A veces
encajan, precisamente, porque ambas están rotas.
-¿Y si no soy suficiente? ¿Y si
un día te despiertas harto de estar aquí aislado y quieres volver a tu país? ¿Y
si te sientes solo?
-Marga yo he estado rodeado de
gente toda mi vida y siempre me he sentido solo. Pero desde el día en que me
colé en tu jardín no he vuelto a sentirme así.
-Han yo te… -Marga no pudo
terminar lo que iba a decir.
-Lo sé cariño. Yo también.
Después de esas palabras se fundieron en un beso eterno y
fugaz a su vez. Y desde ese día, ninguno de los dos…
-Volvió a sentirse solo.
-¿Lo recuerdas?
-Sí, te he contado esa historia
cientos de veces. Lo que no sé es cuántas me las contado tú. –Dijo Margarita.
-Unas cuantas también, mamá.
Como cada día, Marga volvió a
perder el control de sus lágrimas.
-¿Hace cuánto que murió Papá?
–Preguntó entre sollozos.
-Seis años, tres meses y dos días.
-¿Cómo fue?
-¿Realmente importa?
-Supongo que no. Siento que
tengas que ser fuerte por los dos hijo, lo siento con toda mi alma.
-Tú siempre lo has sido por mí.
Así que lo dejaremos en empate, ¿vale?
-Vale. –Marga empezó a sonreír,
ambos se abrazaron como si no lo hubieran hecho en años. Así lo sentía ella.
Tras un par de minutos de lucidez
Marga volvió a verse afectada por el alzheimer que la asolaba desde hacía un
año y medio. Tras tomarse su medicación se quedó dormida en la cama de su
cuarto en la residencia. Juan, cuyo nombre hacía honor a su abuelo materno, la
arropó. “Esto tampoco es fácil para mí mamá, no lo es”, pensó. Lo pensaba cada
día que iba a verla, pero merecía la pena por ver como se emocionaba cada vez
que recordaba al que había sido el mayor y único amor de su vida, Han. Él
también lo echaba mucho de menos. Antes de salir de la habitación levantó la
cabeza y dedicó unos minutos a observar aquel enorme cuadro que cubría casi
toda la pared. En él se podía ver un pequeño huerto, al lado un hombre cuidando
de la tierra con su viejo mono de trabajo y su enorme sombrero. Aquel tierno,
bueno y cariñoso hombre. Su padre.
Se paró a pensar en cómo puede
cambiar la vida en un par de años. En los vaivenes que desdibujan las líneas
que hasta ahora se entendían como límites. En lo mucho que había cambiado todo
mientras ese cuadro seguía igual. En perfecto estado, grande y majestuoso.
Entonces comprendió que lo único que nunca cambiaría es lo que sentía por esas
dos personas que lo habían traído al mundo. De repente dejó de sentirse triste
y se sintió afortunado por todo lo que había vivido. Cada recuerdo y cada
sentimiento se encontraban ahora en un baúl, un cofre del tesoro que nadie
podría ya robar, ni siquiera una enfermedad. Fue ahí cuando comprendió que las
personas vienen y van, incluso las más importantes. Pero el amor que nos dejan,
al igual que un buen dibujo, fue, es y será eterno.

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