DESTRUCCIÓN

Y vuelvo a destruirme, otra vez, otra de tantas.
Otra vez vuelve a pararse el mundo , en el mal sentido de la expresión. Ese parón casi claustrofóbico que te encierra, te ahoga y te come poco a poco pero de forma incesante.
La vista se nubla, la respiración se entrecorta, el cuerpo me pesa y el alma... Se destruye.
Esa destrucción que me consume como si fuera la última chusta de un paquete de tabaco vacío.
Todo pierde importancia menos lo malo. El mundo se va tiñendo de gris mientras mis oídos comienzan a hacerse los sordos ante cualquier comentario ajeno. Voy formando un mundo a parte. Un lugar agónico donde inundarme en mis propios males y nadie pueda oír mis gritos.
Me siento sordo, mudo e impotente, esto debe ser lo más parecido a la muerte en vida, la que llega mientras respiras absorbiendo el poco aliento de vitalidad y alegría que te mueve.
Mis leves temblores solo exteriorizan una pequeña parte de esa bomba que está poniendo mi interior patas arriba.
Estallo, me ahogo, lloro y me pudro, pero todo poco a poco, como si no estuviera sucediendo, como si la sonrisa de mi boca fuera real, y la felicidad me estuviera esperando.
No es preocupación, es apatía, no es agobio, es decadencia. Es lo peor. Pero es mi mundo, yo lo creo y yo lo destruyo.
Mi mente y no el mundo, determina mi estado de ánimo, mi vida, todo.
Yo prendo la mecha de las bombas que destruyen los pilares de mí vida, y yo debo apagarlas.
De ti sale todo lo bueno, pero también lo malo. No trates de reprimirlo, pero contrólalo, al menos antes de que lo malo consiga controlarte a ti.
Tú puedes dominarte, inténtalo.
Paz.

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