DESEDUCACIÓN
Dicen que solo hay dos cosas que nos acompañan de principio a fin, de nacimiento a muerte. Dos imposiciones que nos perseguirán de por vida.
El nombre y la familia, bien, estamos entonces parcialmente de acuerdo. Pues creo firmemente que deberíamos añadir otro concepto a esa premisa, la educación.
Piénsenlo. No es sólo cuestión de referentes paternos. Nuestra educación nos marca de por vida, y no solo comienza en casa, también en la primaria.
Allí encontramos los primeros antagonistas de esta historia. Llámenlo profesorado, llámenlo dirección, llamenlo como quieran. Entorno educativo si les suena bien. Una serie de actores que marca nuestro futuro personal y profesional en una medida que ni imaginarían.
Y, ¿qué encontramos allí? Falta de compromiso, indiferencia, pasividad, en fin, decadencia en general.
Lo normal sería encontrar gente comprometida con el poder del que dispone. Llegamos a la escuela como arcilla todavía por moldear y quedamos en manos de unos sujetos absolutamente desbordados por su responsabilidad.
Pero ojo, no los toque. Pues el sistema dispone de un amplio abanico de recurrentes excusas en las que escudarse ante cualquier crítica. Apuesto a que todos han escuchado más de una vez algo como: Que somos profesores, no padres, que nuestra responsabilidad se limita a las materias, que a mí me pagan para eso.
Pues no, permítanme que les diga, pero no. Su responsabilidad es infinitamente más extensa. Me traen sin cuidado los motivos laborales que figuren en su nómina, lo mucho que les costó sacarse la carrera o su vida en general. Porque eso no son más que referencias teóricas, y la educación, por más contradictorio que suene, no tiene un ápice teórico.
Pueden pensar que hacen lo suficiente. Un par de divisiones por aquí, dos o tres lecciones por allá, y otro día más, y si te he visto no me acuerdo, y que sigan sus padres en casa. Pues no, señores. La realidad es que sus alumnos comparten mucho más tiempo con ustedes que con sus respectivas familias, por no hablar de aquellos que, desgraciadamente, ni si quiera tienen una, o simplemente carecen de un ambiente sólido en el que formarse como personas.
Intentaré explicárselo de otra manera, a ver si me entienden. Ustedes pasan con los estudiantes entre 6 y 8 horas diarias durante años, aquellos en los que más susceptibles son los niños, aquellos en los que son más esponjas que niños.
Así que si tienen una vida miserable o vacía y disfrutan despachándose con el poder que les otorga su posición para satisfacer puntualmente sus ridículos delirios de grandeza les recomiendo encarecidamente que paren. Porque todo lo que transmitan hoy ellos lo interiorizarán mañana. Porque el que se acuesta con cojos pronto cojea, y el que convive con gente desgraciada termina, mal que nos pese, siendo un desgraciado.
Pensarán que el problema termina aquí, que una vez crecidos ya tenemos más capacidad de elección; instituto, carrera... Pero nada más lejos de la realidad.
Porque el problema que nos atañe no es excepcional, es estructural. Es una parte más de un sistema corrupto, abyecto e incompetente que hace aguas por todos lados.
Infantil, primaria, secundaria... Qué más da. Si la mayoría de actores que contribuyen en la educación han perdido completamente el rumbo. Desde los políticos a los profesores, la mayoría abandonaron su norte hace ya mucho tiempo.
Y la raíz del asunto no es que todos sean malos y que el alumno o las familias no puedan hacer nada. El problema es que hay tanto personal incompetente que las personas válidas están en peligro de extinción. Y con una buena persona de cada diez no es posible arreglar todo lo que está roto.
En consecuencia, cada vez hay más responsabilidad para unas casas que ya en su día fueron tan deseducadas como sus predecesores, y así sucesivamente. Y así seguirá hasta que nos demos cuenta de lo importante que resulta este sistema en el futuro de todos y cada uno de nosotros, y empecemos a dar el primer paso para arreglarlo.
Mi generación y las que vienen por debajo no son conscientes de lo mucho que costó conseguir una educación libre, plural y sana. Y las generaciones que la consiguieron parece que ya se han dado por satisfechas con lo que hay, sin tener la más remota idea de que lo que hay, no funciona.
Atrás quedó una educación completa, que transmitía valores, que servía para algo, que existía. Sí, existía. Porque la deseducación que se practica hoy en tantos centros de nuestro país es lo mismo que no existir.
De modo que antes de dejar morir una de las cosas más grandes que tenemos, les recomiendo a todos que se echen un vistazo. Profesores, padres, madres, alumnos... Mírense al espejo y pregúntense si lo que están haciendo hoy contribuirá a crear una generación mejor mañana, y, si no es así, piensen en qué pueden hacer a nivel individual, cada uno dentro de su margen de acción, para mejorarla.
Porque este no es un problema aislado, es mucho más. Es nuestro presente, nuestro futuro y nuestra esperanza. Es aquello que nos forma y determina. A mí, a usted, y todos.
Hemos cometido errores hasta llegar a tener la educación en una camilla debatiéndose entre la vida y la muerte, pero también de nosotros depende reanimarla o, por el contrario, tirar la toalla y dejarla apagarse hasta el día en el que se esfume llevándonos a todos con ella.
Si no luchamos por esto, entonces, ¿por qué lo haremos?
No dejen que los deseduquen.
Paz.
El nombre y la familia, bien, estamos entonces parcialmente de acuerdo. Pues creo firmemente que deberíamos añadir otro concepto a esa premisa, la educación.
Piénsenlo. No es sólo cuestión de referentes paternos. Nuestra educación nos marca de por vida, y no solo comienza en casa, también en la primaria.
Allí encontramos los primeros antagonistas de esta historia. Llámenlo profesorado, llámenlo dirección, llamenlo como quieran. Entorno educativo si les suena bien. Una serie de actores que marca nuestro futuro personal y profesional en una medida que ni imaginarían.
Y, ¿qué encontramos allí? Falta de compromiso, indiferencia, pasividad, en fin, decadencia en general.
Lo normal sería encontrar gente comprometida con el poder del que dispone. Llegamos a la escuela como arcilla todavía por moldear y quedamos en manos de unos sujetos absolutamente desbordados por su responsabilidad.
Pero ojo, no los toque. Pues el sistema dispone de un amplio abanico de recurrentes excusas en las que escudarse ante cualquier crítica. Apuesto a que todos han escuchado más de una vez algo como: Que somos profesores, no padres, que nuestra responsabilidad se limita a las materias, que a mí me pagan para eso.
Pues no, permítanme que les diga, pero no. Su responsabilidad es infinitamente más extensa. Me traen sin cuidado los motivos laborales que figuren en su nómina, lo mucho que les costó sacarse la carrera o su vida en general. Porque eso no son más que referencias teóricas, y la educación, por más contradictorio que suene, no tiene un ápice teórico.
Pueden pensar que hacen lo suficiente. Un par de divisiones por aquí, dos o tres lecciones por allá, y otro día más, y si te he visto no me acuerdo, y que sigan sus padres en casa. Pues no, señores. La realidad es que sus alumnos comparten mucho más tiempo con ustedes que con sus respectivas familias, por no hablar de aquellos que, desgraciadamente, ni si quiera tienen una, o simplemente carecen de un ambiente sólido en el que formarse como personas.
Intentaré explicárselo de otra manera, a ver si me entienden. Ustedes pasan con los estudiantes entre 6 y 8 horas diarias durante años, aquellos en los que más susceptibles son los niños, aquellos en los que son más esponjas que niños.
Así que si tienen una vida miserable o vacía y disfrutan despachándose con el poder que les otorga su posición para satisfacer puntualmente sus ridículos delirios de grandeza les recomiendo encarecidamente que paren. Porque todo lo que transmitan hoy ellos lo interiorizarán mañana. Porque el que se acuesta con cojos pronto cojea, y el que convive con gente desgraciada termina, mal que nos pese, siendo un desgraciado.
Pensarán que el problema termina aquí, que una vez crecidos ya tenemos más capacidad de elección; instituto, carrera... Pero nada más lejos de la realidad.
Porque el problema que nos atañe no es excepcional, es estructural. Es una parte más de un sistema corrupto, abyecto e incompetente que hace aguas por todos lados.
Infantil, primaria, secundaria... Qué más da. Si la mayoría de actores que contribuyen en la educación han perdido completamente el rumbo. Desde los políticos a los profesores, la mayoría abandonaron su norte hace ya mucho tiempo.
Y la raíz del asunto no es que todos sean malos y que el alumno o las familias no puedan hacer nada. El problema es que hay tanto personal incompetente que las personas válidas están en peligro de extinción. Y con una buena persona de cada diez no es posible arreglar todo lo que está roto.
En consecuencia, cada vez hay más responsabilidad para unas casas que ya en su día fueron tan deseducadas como sus predecesores, y así sucesivamente. Y así seguirá hasta que nos demos cuenta de lo importante que resulta este sistema en el futuro de todos y cada uno de nosotros, y empecemos a dar el primer paso para arreglarlo.
Mi generación y las que vienen por debajo no son conscientes de lo mucho que costó conseguir una educación libre, plural y sana. Y las generaciones que la consiguieron parece que ya se han dado por satisfechas con lo que hay, sin tener la más remota idea de que lo que hay, no funciona.
Atrás quedó una educación completa, que transmitía valores, que servía para algo, que existía. Sí, existía. Porque la deseducación que se practica hoy en tantos centros de nuestro país es lo mismo que no existir.
De modo que antes de dejar morir una de las cosas más grandes que tenemos, les recomiendo a todos que se echen un vistazo. Profesores, padres, madres, alumnos... Mírense al espejo y pregúntense si lo que están haciendo hoy contribuirá a crear una generación mejor mañana, y, si no es así, piensen en qué pueden hacer a nivel individual, cada uno dentro de su margen de acción, para mejorarla.
Porque este no es un problema aislado, es mucho más. Es nuestro presente, nuestro futuro y nuestra esperanza. Es aquello que nos forma y determina. A mí, a usted, y todos.
Hemos cometido errores hasta llegar a tener la educación en una camilla debatiéndose entre la vida y la muerte, pero también de nosotros depende reanimarla o, por el contrario, tirar la toalla y dejarla apagarse hasta el día en el que se esfume llevándonos a todos con ella.
Si no luchamos por esto, entonces, ¿por qué lo haremos?
No dejen que los deseduquen.
Paz.

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