SILENCIO
En la cama los pétalos, en el suelo las sábanas y en las velas una pequeña llama, que nada tenía que ver con el fuego que estaban a punto de prender.
Otra vez juntos, tan solo separados por ese silencio.
La paz que reinaba pronto iba a ser rota por su habitual guerra.
Después de tantas veces todavía sentían vergüenza al verse en ropa interior.
Ella dio el primer paso, le acarició la cara hasta llegar suavemente a su boca, con la misma delicadeza que soplaba las tazas de café. Él no tardó en corresponder y sus labios comenzaron a fundirse. No era un beso normal, era de esos que transmiten, de los que hablan en silencio.
Él era tímido, pero no con ella. El deseo de tenerla era más fuerte que cualquier timidez. Deslizaba las manos por su cuerpo mientras le bajaba la falda. Aquella piel era más suave que nada de lo que había rozado antes. Le encantaba acariciarla mientras la desnudaba para verla erizarse.
Ella, nerviosa, trataba de desabrochar su chaqueta. Habían dejado de besarse, pero el magnetismo que existía entre ambos era tan fuerte que eran inapaces de separar sus bocas. Estaban tan cerca que casi podían respirar el mismo aire.
El silencio había empezado a quebrantarse.
Ya no les quedaba ropa y ni siquiera sabían por dónde empezar. Ella anhelaba tocar todas y cada una de las partes de su cuerpo y a él le encantaba. Muchas le habían tocado, pero ninguna como ella.
Volvieron a besarse. Esta vez más fuerte. Los besos acabaron siendo mordiscos. Se agarraban y abrazaban balanceándose por la cama con las ganas de una primera vez, pero con una fluidez impropia de esta. Con el amor y la pureza que se querrían dos pequeños animales.
Él puso encima de ella mientras esta se aferraba a su pelo, había llegado el momento. Lo envolvió con sus piernas y notó como entraba poco a poco en ella. Nunca nada había fluido tanto en sus vidas.
Entonces la suavidad se volvió dureza. El roce de sus cuerpos había traído el caos a una cama antaño dominada por el silencio.
Ya eran inseparables. Estaban enredados el uno con el otro y les encantaba.
Ella se puso encima y comenzó a mover la cadera hasta que, poco a poco, fue bajando la cabeza apoyándose en él. Frente con frente. Sin dejar de moverse. El calor que emanaban terminó por empañar los cristales de la habitación.
Él no era capaz de apartar sus ojos de aquella mujer. El sexo le gustaba, pero ella le gustaba más. Adoraba mirarla, ya fuera caminando o gimiendo sobre su oído.
Tenían sexo sin amor cuántas veces podían. Temían que amarse pudiera dañarlo.
Pero seguían.
Ella terminó boca abajo y él sobre ella, con una mano apoyada en la cama y otra en su pelo.
Estaban tan empapados que tenía que apretarla para mantenerse dentro.
No, no estaban follando. Se estaban curando el alma.
La cosa terminaba, ella se había incorporado hasta quedar sostenida sobre sus manos y rodillas. Él no pudo contenerse y le arañó la espalda. No aguantaban más.
El choque de sus cuerpos retumbaba las paredes de la habitación. Un sonido solo eclipsado por el de su mutuo gemir.
Las piernas de ambos comenzaron a temblar, sus voces pasaron a oírse entrecortadas. Se estaban corriendo. Ya no había marcha atrás.
Él dejó caer la cabeza sobre su espalda, regalándole un último beso en la nuca. Ella le correspondió acariciando su mejilla. Nunca se habían sentido tan protegidos. Pero había llegado el final, ambos lo sabían.
Cayeron rendidos a sus respectivos lados de ese viejo colchón. Sin tocarse, sin mirarse.
Dos cuerpos que se evitaban en la misma cama que había sido testigo de su unión hacía solo unos instantes.
Ella fue la primera en vestirse y, sin dirigirle la mirada, se marchó. No parecía que fuera a volver. A partir de ahora, tendría que aprender a vivir con ese silencio.
Él sintió su alma caer.
Como esas dos niños que se rompen por dentro cuando ven a su primer amor desaparecer.
Separados por un silencio, que nunca más se volverá a romper.
Otra vez juntos, tan solo separados por ese silencio.
La paz que reinaba pronto iba a ser rota por su habitual guerra.
Después de tantas veces todavía sentían vergüenza al verse en ropa interior.
Ella dio el primer paso, le acarició la cara hasta llegar suavemente a su boca, con la misma delicadeza que soplaba las tazas de café. Él no tardó en corresponder y sus labios comenzaron a fundirse. No era un beso normal, era de esos que transmiten, de los que hablan en silencio.
Él era tímido, pero no con ella. El deseo de tenerla era más fuerte que cualquier timidez. Deslizaba las manos por su cuerpo mientras le bajaba la falda. Aquella piel era más suave que nada de lo que había rozado antes. Le encantaba acariciarla mientras la desnudaba para verla erizarse.
Ella, nerviosa, trataba de desabrochar su chaqueta. Habían dejado de besarse, pero el magnetismo que existía entre ambos era tan fuerte que eran inapaces de separar sus bocas. Estaban tan cerca que casi podían respirar el mismo aire.
El silencio había empezado a quebrantarse.
Ya no les quedaba ropa y ni siquiera sabían por dónde empezar. Ella anhelaba tocar todas y cada una de las partes de su cuerpo y a él le encantaba. Muchas le habían tocado, pero ninguna como ella.
Volvieron a besarse. Esta vez más fuerte. Los besos acabaron siendo mordiscos. Se agarraban y abrazaban balanceándose por la cama con las ganas de una primera vez, pero con una fluidez impropia de esta. Con el amor y la pureza que se querrían dos pequeños animales.
Él puso encima de ella mientras esta se aferraba a su pelo, había llegado el momento. Lo envolvió con sus piernas y notó como entraba poco a poco en ella. Nunca nada había fluido tanto en sus vidas.
Entonces la suavidad se volvió dureza. El roce de sus cuerpos había traído el caos a una cama antaño dominada por el silencio.
Ya eran inseparables. Estaban enredados el uno con el otro y les encantaba.
Ella se puso encima y comenzó a mover la cadera hasta que, poco a poco, fue bajando la cabeza apoyándose en él. Frente con frente. Sin dejar de moverse. El calor que emanaban terminó por empañar los cristales de la habitación.
Él no era capaz de apartar sus ojos de aquella mujer. El sexo le gustaba, pero ella le gustaba más. Adoraba mirarla, ya fuera caminando o gimiendo sobre su oído.
Tenían sexo sin amor cuántas veces podían. Temían que amarse pudiera dañarlo.
Pero seguían.
Ella terminó boca abajo y él sobre ella, con una mano apoyada en la cama y otra en su pelo.
Estaban tan empapados que tenía que apretarla para mantenerse dentro.
No, no estaban follando. Se estaban curando el alma.
La cosa terminaba, ella se había incorporado hasta quedar sostenida sobre sus manos y rodillas. Él no pudo contenerse y le arañó la espalda. No aguantaban más.
El choque de sus cuerpos retumbaba las paredes de la habitación. Un sonido solo eclipsado por el de su mutuo gemir.
Las piernas de ambos comenzaron a temblar, sus voces pasaron a oírse entrecortadas. Se estaban corriendo. Ya no había marcha atrás.
Él dejó caer la cabeza sobre su espalda, regalándole un último beso en la nuca. Ella le correspondió acariciando su mejilla. Nunca se habían sentido tan protegidos. Pero había llegado el final, ambos lo sabían.
Cayeron rendidos a sus respectivos lados de ese viejo colchón. Sin tocarse, sin mirarse.
Dos cuerpos que se evitaban en la misma cama que había sido testigo de su unión hacía solo unos instantes.
Ella fue la primera en vestirse y, sin dirigirle la mirada, se marchó. No parecía que fuera a volver. A partir de ahora, tendría que aprender a vivir con ese silencio.
Él sintió su alma caer.
Como esas dos niños que se rompen por dentro cuando ven a su primer amor desaparecer.
Separados por un silencio, que nunca más se volverá a romper.

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