TE PERDONO
Te perdono.
Perdonar es tan importante como ser perdonado. A veces puede ser incluso el único camino para encontrar la paz.
Así que te perdono.
Te perdono por conquistarme, por convertirte puntualmente en la pareja perfecta con el único objetivo de entrar en mi vida. Por ocultar tu verdadero yo hasta que ya fue demasiado tarde.
Te perdono por jugar a diario con un corazón que te entregué desde el primer momento. Quizás fue culpa mía. Quizás fue demasiado pronto.
Te perdono por presentarte como la persona ideal, también por hacerme creer que yo era la equivocada. Por intentar cambiarme, amoldarme a tu gusto, incluso a cambio de borrar mi esencia.
Te perdono por todas las veces en las que me hiciste sentir mal. Por todos los momentos en los que me volviste pequeño e insignificante.
Te perdono por todos los besos, caricias, abrazos y risas de mentira. Por cada noche en la que me prometiste hacer el amor y al final acabamos teniendo sexo.
Te perdono todos tus engaños, tus lágrimas de cocodrilo y tus enfados injustificados.
Te perdono también por sustituirme más pronto que tarde, y por hacerme poner en duda todo lo vivido.
Pero sobre todo te perdono por hacerme invertir tanto tiempo en alguien que no me quería de verdad. Nadie intenta cambiar a la persona que ama. Y yo te perdono por ello.
Puede que suene contradictorio pero no pretendo echarte a ti toda la culpa. Supongo que dejé arder la llama tanto tiempo que al final terminé por quemarme. Pasaba los días y tus recuerdos no hacían más que avivarla. Así que quizás esta sea la única manera de apagarla por fin. La única manera de dejar de soñarte, de verte por las esquinas, y de calcular a diario las palabras exactas que saldrían de mi boca si nos volviéramos a ver.
No, eso no volverá a pasar. Porque hoy voy a apagar ese fuego. Hoy voy a perdonarte. Pues solo así podré cerrar una puerta que lleva demasiado tiempo entreabierta. Solo así podré dejarte ir.
De modo que si algún día alguien te devuelve todo lo que has hecho y te acuerdas de mí, recuerda también que ya no te guardo rencor y que te deseo todo lo bueno del mundo, pero lejos. Porque tú y yo ya no estamos hechos para estar cerca.
Atrás queda un tiempo en el que fuimos felices, también lo contrario. Fuimos todo y fuimos nada, fuimos un cuento al que le faltó el final feliz. Fuimos todo lo que alguien merece vivir alguna vez, también lo que nadie debería sufrir nunca. Fuimos luz y sombra, fuego y hielo. Fuimos ese dolor que tiene su parte placentera. La cruz y la cara de una moneda que ya no volverá a ser lanzada.
Pero por encima de todo fuimos algo nuestro. Imperfecto, doloroso, y muchas veces equivocado. Pero nuestro. Algo que nada ni nadie podrá borrar.
Tampoco yo.
Y ya que estamos espero que tú también me perdones a mí, por todas mis cagadas, por perder el control de la situación, por todo lo malo que dije y lo que me callé. Perdóname cariño porque sé que no te mereces leer ninguna de estas líneas, pero yo tampoco disfruté escribiéndolas. Yo tampoco disfruté dejándote ir.
Espero tu perdón.
Pero hasta entonces me conformo con poder perdonarme a mí por haber permitido todo lo que pasó. Alcanzar por fin la paz, poder amanecer un día sabiendo que ya no vas a doler.
Un día en el que ya no quede nada de lo vivido, nada de lo escrito en estas líneas.
Un día en el que ya no quede nada que ambos nos debamos perdonar.
Perdonar es tan importante como ser perdonado. A veces puede ser incluso el único camino para encontrar la paz.
Así que te perdono.
Te perdono por conquistarme, por convertirte puntualmente en la pareja perfecta con el único objetivo de entrar en mi vida. Por ocultar tu verdadero yo hasta que ya fue demasiado tarde.
Te perdono por jugar a diario con un corazón que te entregué desde el primer momento. Quizás fue culpa mía. Quizás fue demasiado pronto.
Te perdono por presentarte como la persona ideal, también por hacerme creer que yo era la equivocada. Por intentar cambiarme, amoldarme a tu gusto, incluso a cambio de borrar mi esencia.
Te perdono por todas las veces en las que me hiciste sentir mal. Por todos los momentos en los que me volviste pequeño e insignificante.
Te perdono por todos los besos, caricias, abrazos y risas de mentira. Por cada noche en la que me prometiste hacer el amor y al final acabamos teniendo sexo.
Te perdono todos tus engaños, tus lágrimas de cocodrilo y tus enfados injustificados.
Te perdono también por sustituirme más pronto que tarde, y por hacerme poner en duda todo lo vivido.
Pero sobre todo te perdono por hacerme invertir tanto tiempo en alguien que no me quería de verdad. Nadie intenta cambiar a la persona que ama. Y yo te perdono por ello.
Puede que suene contradictorio pero no pretendo echarte a ti toda la culpa. Supongo que dejé arder la llama tanto tiempo que al final terminé por quemarme. Pasaba los días y tus recuerdos no hacían más que avivarla. Así que quizás esta sea la única manera de apagarla por fin. La única manera de dejar de soñarte, de verte por las esquinas, y de calcular a diario las palabras exactas que saldrían de mi boca si nos volviéramos a ver.
No, eso no volverá a pasar. Porque hoy voy a apagar ese fuego. Hoy voy a perdonarte. Pues solo así podré cerrar una puerta que lleva demasiado tiempo entreabierta. Solo así podré dejarte ir.
De modo que si algún día alguien te devuelve todo lo que has hecho y te acuerdas de mí, recuerda también que ya no te guardo rencor y que te deseo todo lo bueno del mundo, pero lejos. Porque tú y yo ya no estamos hechos para estar cerca.
Atrás queda un tiempo en el que fuimos felices, también lo contrario. Fuimos todo y fuimos nada, fuimos un cuento al que le faltó el final feliz. Fuimos todo lo que alguien merece vivir alguna vez, también lo que nadie debería sufrir nunca. Fuimos luz y sombra, fuego y hielo. Fuimos ese dolor que tiene su parte placentera. La cruz y la cara de una moneda que ya no volverá a ser lanzada.
Pero por encima de todo fuimos algo nuestro. Imperfecto, doloroso, y muchas veces equivocado. Pero nuestro. Algo que nada ni nadie podrá borrar.
Tampoco yo.
Y ya que estamos espero que tú también me perdones a mí, por todas mis cagadas, por perder el control de la situación, por todo lo malo que dije y lo que me callé. Perdóname cariño porque sé que no te mereces leer ninguna de estas líneas, pero yo tampoco disfruté escribiéndolas. Yo tampoco disfruté dejándote ir.
Espero tu perdón.
Pero hasta entonces me conformo con poder perdonarme a mí por haber permitido todo lo que pasó. Alcanzar por fin la paz, poder amanecer un día sabiendo que ya no vas a doler.
Un día en el que ya no quede nada de lo vivido, nada de lo escrito en estas líneas.
Un día en el que ya no quede nada que ambos nos debamos perdonar.

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