DOS SEGUNDOS, UNA VIDA.
Veo muchos problemas en la sociedad actual, muchos. Pero si
tuviera que elegir uno como el peor, sin duda sería la generalizada
falta de amor por la vida. Para mí, el principal motivo de la infelicidad
humana. Me explico, actualmente estoy harto de ver -tanto dentro, como fuera de
mi entorno- como las personas viven infelices, sufriendo por todo aquello que
no tienen, y olvidando por completo todo lo que sí tienen, cosas maravillosas
como la presencia de su familia o una buena amistad, a las que, lamentablemente,
se han acostumbrado.
Conseguir un ascenso, ganar más dinero, vivir en una casa más grande… estas “metas” no son sinónimos de felicidad.
Sin embargo, la sociedad las persigue incansablemente, sin prestar atención a las cosas increíbles que suceden en el camino; lecciones, experiencias, personas que, por desgracia, no estarán aquí eternamente y a las que no valoramos como se merecen hasta que las perdemos.
Yo, como la mayoría de la gente, también vivía de esta forma. Perseguía una especie de futuro idealizado, ignorando todo lo que el presente podía ofrecerme, creyendo que mi familia y mis amigos estarían esperándome en ese ansiado futuro para, por fin, ser todos felices. Pero todo eso cambió hace ya más de tres años, el 3 de febrero del 2013, una fecha que, para bien o para mal, quedará grabada en mi memoria.
Aquel día, como muchos domingos, me dirigía a Masías (pueblo valenciano), para pasar el día en el chalet de mi mejor amigo, Alex. En el coche íbamos mi amigo, sus padres, y yo. Todo transcurría con normalidad hasta que un conductor -quizás, excesivamente mayor- perdió el conocimiento, invadió nuestro carril, y nos envistió por el lado izquierdo de nuestro coche, allí donde se encontraba mi amigo.
Nunca me había visto en una situación parecida, ¿era eso real, o solo un sueño? Y, si realmente había sucedido, ¿por qué a nosotros? Si el mayor pecado de nuestro conductor (padre de mi amigo) posiblemente había sido saltarse algún que otro stop en 30 años. Y en medio de ese caos de gritos y pensamientos confusos, se detuvo el tiempo cuando giré la mirada y vi a Alex reclinado en la puerta, inconsciente. Lo primero que asaltó la cabeza de los presentes era que lo perdíamos, si es que no lo habíamos perdido ya, y poco a poco nos sumimos en una pesadilla, de la cual nos costó mucho despertar.
Afortunadamente una enfermera viajaba en el coche de atrás y atendió a mi amigo con la mayor rapidez posible; todavía hoy no sé con certeza si aquella era una mujer o un ángel. Inmediatamente llegó la ambulancia y, mientras se hacían cargo de Alex, la presión y el miedo consiguieron que ni siquiera lograra mantenerme en pie. Así pues, caí rendido en el arcén al lado de mi madre (que llegó antes que cualquier cuerpo de seguridad) tratando de asimilar todo lo que había sucedido, y entonces, mi modo de ver la vida cambió por completo.
En ese momento comprendí, que estas cosas no solo ocurren en la tele, que la vida no es eterna, y que la felicidad no espera a nadie. La gente sufre si sus sueldos o sus notas no son tan altas como “deberían”, o si las marcas de su ropa o coche no son tan caras como “deberían”, y al final todos terminan por no ser tan felices como deberían. Las personas aplazan su felicidad creyendo que llegará cuando adquieran sus preciados logros, ignoran que esta no se logra, se vive día a día.
El suceso abarcó aproximadamente desde las 12:00 am hasta las 20:00 pm. Al llegar a casa, ya con la certeza de que Alex se encontraba estable, caí rendido al sofá y, sin intercambiar palabra alguna con mis padres, agarré mi teléfono móvil y escribí este texto que, quizás, os haga entender a todos lo rápido que puede cambiar la vida en dos segundos.
"Es curioso pensar cómo te puede cambiar la vida en dos segundos, un día estas quejándote por cualquier cosa y a los dos segundos estar rezando por la vida de tu hijo, hermano, ect. Te das cuenta de que todo lo que has hecho hasta ahora no importa, que tu vida no vale nada, que lo único que importa es que esa persona tan querida siga a tu lado.
Es triste pensar que necesitamos un accidente para aprender a tratar a esas personas tan queridas, pero también aprendes que aún queda buena gente en el mundo que está ahí apoyándote en todo momento.
Hoy al levantarme pensaba que iba a ser un día normal y a los dos segundos tenia a mi hermano inconsciente y yéndose ante mis ojos. Siempre pensamos que cuanto mayores somos, con más madurez afrontamos los problemas, pensamos que podemos mantener la calma en todo momento. Pero no. Ahora comprendo que cuando esta la vida de un ser querido en juego, todos volvemos a ser pequeños para llorar como bebés y protegernos como esos dos amigos que un día se prometieron un siempre.
Afortunadamente mi hermano sigue aquí y eso es lo único que me importa. Continuamente vemos accidentes en las noticias y en las películas, pero no podemos entender lo que se siente hasta que no lo vivimos, y es que es increíble cómo te puede cambiar la vida en dos segundos".
Con el paso de los meses mi amigo se recuperó, y, junto a la familia, superamos esta situación. Paradójicamente, tiempo después nuestros caminos se separaron, pero puedo asegurar que, desde ese día, nuestra amistad y nuestras ganas de vivir nunca se romperán, pase lo que pase. Y finalmente, solo decir, a todos aquellos que pierden los nervios y la esperanza con facilidad, que nosotros no podemos elegir los baches de la vida, pero sí nuestra actitud ante estos, que la vida son dos días, y pasarlos con lágrimas o una sonrisa en la cara, únicamente depende de nosotros.
Conseguir un ascenso, ganar más dinero, vivir en una casa más grande… estas “metas” no son sinónimos de felicidad.
Sin embargo, la sociedad las persigue incansablemente, sin prestar atención a las cosas increíbles que suceden en el camino; lecciones, experiencias, personas que, por desgracia, no estarán aquí eternamente y a las que no valoramos como se merecen hasta que las perdemos.
Yo, como la mayoría de la gente, también vivía de esta forma. Perseguía una especie de futuro idealizado, ignorando todo lo que el presente podía ofrecerme, creyendo que mi familia y mis amigos estarían esperándome en ese ansiado futuro para, por fin, ser todos felices. Pero todo eso cambió hace ya más de tres años, el 3 de febrero del 2013, una fecha que, para bien o para mal, quedará grabada en mi memoria.
Aquel día, como muchos domingos, me dirigía a Masías (pueblo valenciano), para pasar el día en el chalet de mi mejor amigo, Alex. En el coche íbamos mi amigo, sus padres, y yo. Todo transcurría con normalidad hasta que un conductor -quizás, excesivamente mayor- perdió el conocimiento, invadió nuestro carril, y nos envistió por el lado izquierdo de nuestro coche, allí donde se encontraba mi amigo.
Nunca me había visto en una situación parecida, ¿era eso real, o solo un sueño? Y, si realmente había sucedido, ¿por qué a nosotros? Si el mayor pecado de nuestro conductor (padre de mi amigo) posiblemente había sido saltarse algún que otro stop en 30 años. Y en medio de ese caos de gritos y pensamientos confusos, se detuvo el tiempo cuando giré la mirada y vi a Alex reclinado en la puerta, inconsciente. Lo primero que asaltó la cabeza de los presentes era que lo perdíamos, si es que no lo habíamos perdido ya, y poco a poco nos sumimos en una pesadilla, de la cual nos costó mucho despertar.
Afortunadamente una enfermera viajaba en el coche de atrás y atendió a mi amigo con la mayor rapidez posible; todavía hoy no sé con certeza si aquella era una mujer o un ángel. Inmediatamente llegó la ambulancia y, mientras se hacían cargo de Alex, la presión y el miedo consiguieron que ni siquiera lograra mantenerme en pie. Así pues, caí rendido en el arcén al lado de mi madre (que llegó antes que cualquier cuerpo de seguridad) tratando de asimilar todo lo que había sucedido, y entonces, mi modo de ver la vida cambió por completo.
En ese momento comprendí, que estas cosas no solo ocurren en la tele, que la vida no es eterna, y que la felicidad no espera a nadie. La gente sufre si sus sueldos o sus notas no son tan altas como “deberían”, o si las marcas de su ropa o coche no son tan caras como “deberían”, y al final todos terminan por no ser tan felices como deberían. Las personas aplazan su felicidad creyendo que llegará cuando adquieran sus preciados logros, ignoran que esta no se logra, se vive día a día.
El suceso abarcó aproximadamente desde las 12:00 am hasta las 20:00 pm. Al llegar a casa, ya con la certeza de que Alex se encontraba estable, caí rendido al sofá y, sin intercambiar palabra alguna con mis padres, agarré mi teléfono móvil y escribí este texto que, quizás, os haga entender a todos lo rápido que puede cambiar la vida en dos segundos.
"Es curioso pensar cómo te puede cambiar la vida en dos segundos, un día estas quejándote por cualquier cosa y a los dos segundos estar rezando por la vida de tu hijo, hermano, ect. Te das cuenta de que todo lo que has hecho hasta ahora no importa, que tu vida no vale nada, que lo único que importa es que esa persona tan querida siga a tu lado.
Es triste pensar que necesitamos un accidente para aprender a tratar a esas personas tan queridas, pero también aprendes que aún queda buena gente en el mundo que está ahí apoyándote en todo momento.
Hoy al levantarme pensaba que iba a ser un día normal y a los dos segundos tenia a mi hermano inconsciente y yéndose ante mis ojos. Siempre pensamos que cuanto mayores somos, con más madurez afrontamos los problemas, pensamos que podemos mantener la calma en todo momento. Pero no. Ahora comprendo que cuando esta la vida de un ser querido en juego, todos volvemos a ser pequeños para llorar como bebés y protegernos como esos dos amigos que un día se prometieron un siempre.
Afortunadamente mi hermano sigue aquí y eso es lo único que me importa. Continuamente vemos accidentes en las noticias y en las películas, pero no podemos entender lo que se siente hasta que no lo vivimos, y es que es increíble cómo te puede cambiar la vida en dos segundos".
Con el paso de los meses mi amigo se recuperó, y, junto a la familia, superamos esta situación. Paradójicamente, tiempo después nuestros caminos se separaron, pero puedo asegurar que, desde ese día, nuestra amistad y nuestras ganas de vivir nunca se romperán, pase lo que pase. Y finalmente, solo decir, a todos aquellos que pierden los nervios y la esperanza con facilidad, que nosotros no podemos elegir los baches de la vida, pero sí nuestra actitud ante estos, que la vida son dos días, y pasarlos con lágrimas o una sonrisa en la cara, únicamente depende de nosotros.

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