RECUERDOS
¿Qué es un recuerdo? Según la Real Academia Española un
recuerdo es: <<Todo objeto que se conserva para recordar a una persona,
una circunstancia o un suceso>>. La definición no es errónea en su
totalidad, el problema es que se queda corta.
Un recuerdo es mucho más que eso. Los recuerdos tienen el
poder de transportarnos a otros mundos, a otros espacios temporales, espacios
donde el presente importa más bien poco. Todos tenemos recuerdos, y todos
hacemos uso de ellos, porque cuando la actualidad nos aterra siempre podemos
contar con su refugio. Transportamos nuestra mente hasta sitios donde nuestro
cuerpo nunca podrá volver, lugares y momentos en los que pasaron cosas
importantes -de lo contrario, para qué recordarlos- y, una vez allí, nos refugiamos
en su seno como el niño que se mete de noche en la cama de sus padres con el
miedo de un nuevo amanecer.
Sin embargo, los recuerdos, como todo en esta vida, hay que
saber manejarlos, tomarlos en su justa medida, porque de lo contrario ellos
acabarían manejándote a ti. En el buen y en el mal sentido. Algunos se refugian
en recuerdos felices y otros se quedan atrapados en recuerdos traumáticos y
dolorosos, y aunque no lo parezca en absoluto, ambos tienen el mismo fin;
evadir la realidad. Rehuirla, escudándose en tiempos mejores con aquello de:
“Las cosas ya no son como antes”. O incluso en tiempos nefastos para,
simplemente, poder esconderse tras una coraza de victimismo que les permite
ignorar lo que tienen delante. El problema es el mismo en ambos casos, la
evasión, en exceso, de la realidad.
A veces la vida nos supera, y en esos casos resulta más
cómodo aferrarse a tiempos en los que no nos superaba o incluso en los que ya
nos superó, porque todo parece menos doloroso que enfrentarla ahora, si lo sé,
si te entiendo, si yo ya pasé por lo mismo que tú. Pero poco importa que yo te
entienda, porque no soy nadie que debiera importarte. Mis palmaditas en la
espalda no te concederán la felicidad por arte de magia. La comprensión
reconforta, pero no hace milagros, así que no los esperes.
La vida, como el póker, va por rondas, y en cada ronda
tenemos unas cartas con las que jugar, pero para poder hacerlo debes comprender
una cosa: Que tú no repartes. Ni tú, ni yo ni nadie. Reparte la vida, así que
no intentes presentarte a la partida con unas cartas de la ronda anterior,
porque entonces no es que dejes de ganar, es que dejas de jugar.
Lo mismo pasa en la vida, no puedes vivirla si te quedas
atrapado en recuerdos. Quizás fueron preciosos, quizás horribles, pero todos
comparten la misma característica, que fueron, y no son. Lo que ya pasó no
existe, no lo podemos cambiar, ni tampoco revivir, porque, al fin y al cabo,
ese es el encanto de los recuerdos, que son únicos e irrepetibles; los días de
infancia sin preocupaciones, las comidas de domingo con los abuelos, o el
primer amor, son cosas cuyo valor reside, paradójicamente, en que no volverán.
Porque si pudieran volver a nuestro antojo ya no serían recuerdos, sino una
absurda y monótona realidad.
La vida no siempre nos da las cartas que
necesitamos, pero es nuestra obligación jugar con ellas, porque las victorias y
derrotas anteriores, ahora mismo, no son nada más que aprendizaje, experiencia,
y recuerdos. Ya lo dijeron Natos y Waor, “las luces que aquí abajo se apagan,
ahí arriba brillan como si nada”. Los recuerdos brillan, se echan de menos, y
duelen, claro que duelen. Pero si no los dejamos atrás los estamos tapando, y
así, desde luego, nunca podrán brillar ni ellos, ni nosotros.

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